Iveth Laguna
Las ficciones en la cinematografía mexicana, nacieron de la mano de michoacanos. Mismos que se encargaron de darle impulso al cine del tipo documental. Casi cien años han pasado ¿En dónde está parado el cine nacional?
En 1912 los michoacanos Carlos, Eduardo, Guillermo y Salvador (Alva, hermanos los 4) realizaron el primer cortometraje de ficción en la historia nacional. Llevaba por titulo “Aniversario del fallecimiento de la suegra de Enhart”. Dicho material tiene una duración de 23 minutos y le dio a los hermanos un reconocimiento y status como realizadores, escritores, directores y distribuidores del cine nacional.
Antes que convertirse en eminencias del cine de ficción, la preocupación de los hermanos era documentar la realidad michoacana, y, por tanto, mexicana. Su legado son más de 100 cintas que reflejan la realidad cambiante del país.
Que el cine de ficción haya nacido michoacano, y que michoacanos fuesen los encargados de darle un impulso total al cine documental, es una dato que coincide de manera muy perfecta con las dos ventajas que tenemos en Morelia sobre otras ciudades del país, por lo menos en cuanto a proyección de filmes se refiere: Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM), y el Festival Ambulante (gira de documentales, encabezado por dos “vacas sagradas” de la cinematografía nacional como lo son Diego Luna y Gael García).
¿Por qué esto es bueno? Porque tenemos acceso a filmografía que tarda meses, a
veces años, en llegar a salas comerciales, o que de plano no llegan?.
Seamos honestos, el cine nacional poco, o nada, tiene que hacer contra las producciones estadounidenses o europeas. Tristemente, no hablamos solamente de los aspectos técnicos (dirección y manejo de cámara, sonido, luces), ingenios-literarios y actorales; sobra decir que ninguno de los aspectos mencionados se mantiene en pie si los demás flaquean. El rubro en el que más pierde, el cine mexicano frente al extranjero, es el del del público.
Existe una página web llamada “Yo si veo cine mexicano”, ¡Cómo si se tratase de lo más extraño del mundo! No llega a tanto, pero casi. Nuestro cine está encasillado, tanto por la audiencia como por todos, o la mayoría, de los encargados de hacerlo. Se cree, ¡se ve!, que todo o es una historia violenta con drogas de por medio, o es una historia de amor, cenicienta versión número 2 mil.
En el marco del Festival Internacional de Cine de Guadalajara (FICG), el crítico Ernesto Diezmartínez señaló la grave carencia que existe en las ficciones mexicanas. No llegan a ser tan conceptuales o bizarras como lo que se produce en Europa, por tanto es difícil, más no imposible, que gane premios. Pero tampoco son de tan fácil digestión como para que sean éxitos taquilleros.
La cara documental de la moneda no está mal. Un ejemplo lo tuvimos hace poco con Presunto Culpable. Sabemos que la controversia ayudó, pero de eso viven los documentales.
Más que homo sapiens, homo videns somos. Quiere decir, vivimos la era del video, ya sea en cine o televisión. Necesitamos ver para creer. Necesitamos que alguien retrate la vida de los indocumentados, o de los pueblos masacrados por la violencia, para creer que existe, para hablar de ello.
Es en el cine documental en donde se están desarrollando mejores guiones, se corren riesgos en cuanto a planos y tomas se refiere. Es, en fin, más libre. Tal vez por lo mismo de que no buscan ganar en taquilla, lo que a veces llega a suceder. Documentar la realidad, plasmarla en un filme para que otros puedan verlo. Eso es lo importante.
La conclusión es, sin duda, que los encargados de idear ficciones que luego serán llevadas al cine, deben aprender algo a aquellos que hacen documentales: Ni todo es amor, ni todo es violencia. Historia de vida, con todo lo que eso implica, es lo que el público quiere ver. Ya sea real, para pensar “por lo menos no me pasa a mi”, o bien ficcionado para que duela, y atraiga más.
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